Mirar con los ojos de un niño (1)

No hay nada más bonito que contemplar el mundo con los ojos de un niño. Nosotros, los adultos, hemos perdido gran parte de esa capacidad, pero es posible recuperarla. Y eso nos aporta mucha felicidad.

El niño vive en el presente, en el momento mismo. Por ejemplo, cuando se está vistiendo y ve una mosca que intenta salir por la ventana, se detiene para observar su lucha. Quizás le abra la ventana. ¿Y qué solemos hacer nosotros en ese momento? ¡PENSARLO! El niño tiene un concepto del tiempo distinto al nuestro. Vive al ritmo de los acontecimientos, cercano al ritmo de la naturaleza. Esto se llama el tiempo simultáneo. Nosotros vivimos en el tiempo lineal, con un principio (el nacimiento) y un final (la muerte). Nos sometemos al presente, pero con la mirada puesta casi siempre en el mañana, en el futuro próximo. Vivimos linealmente. Sólo en algunos momentos nuestra existencia es simultánea; cuando, por ejemplo, nos dejamos sorprender por una puesta de sol preciosa. ¿Por qué vivimos en tiempos tan distintos? Esto lo vamos aprendiendo a medida que crecemos. Incluso es necesario: si continuáramos sorprendiéndonos de todo y no diéramos por sentadas ciertas cosas, no podríamos funcionar tal como lo hacemos ni rendir.

Para un niño todo es nuevo y se sorprende de todo lo que le rodea. Lo vemos en un bebé de dos meses, que se queda maravillado al ver sus manitas. Las sacude y agita delante de sus ojos sin entender que son parte de su cuerpo. Pero, al cabo de las semanas, entiende que son suyas. Y así, a medida que el niño crece, va entendiendo la normalidad de muchas cosas: un perro ladra, un abuelo anda con bastón y la luz se enciende con un interruptor. Su asombro da paso a la evidencia. Nuestro cerebro está programado para hacer lo incomprensible previsible y para automatizar nuestras actividades. Así no tenemos que pensar sobre cada paso que damos. Esto nos permite hacer varias cosas a la vez. Pero ahí radica el quid del problema: hacemos las cosas con el piloto automático puesto. Y muy a menudo, además. El multitasking (hacer varias actividades simultáneamente) está de moda. Cocinamos sin probarlo y paseamos sin ver el entorno, ya que lo compaginamos con hacer una llamada o corregir a los hijos. Nuestra atención es dispersa y, principalmente, mental, ya que apenas intervienen nuestros sentidos. Quien saborea, huele, siente y mira con atención es más consciente de su entorno y disfruta más (es incluso beneficioso para nuestra salud). Esto es lo que redescubrimos cuando estamos en contacto con un niño y nos acoplamos a su ritmo y su modo de observación.

La curiosidad y el asombro son características que nos condujeron a grandes descubrimientos, como los nuevos continentes, e inventos, como la luz… Gracias a la curiosidad (los niños la tienen de modo natural) se han hecho muchos avances, lo cual sigue siendo así. La Madre Naturaleza lo tiene bien previsto, ya que sentirnos curiosos nos produce placer. ¿A quién no le encanta irse de vacaciones y descubrir una bahía idílica que no salga en el mapa o leer un libro cuyo desenlace no sabe? Esto explica el éxito de libros de suspense, series de detectives y crucigramas. Hay algo placentero en no saber, con la perspectiva de conseguir la respuesta. Solemos pensar que la satisfacción es máxima cuando obtenemos conocimientos, pero lo que, según los estudios, más satisfacción produce es la búsqueda en sí. Nos sentimos más felices cuando aún estamos buscando, cuando nos asombramos, como los niños.

Por último, me gustaría hacer una mención a la perspectiva del tiempo. Este no transcurre para todos con la misma velocidad: para nosotros pasa muy deprisa, pero no para un niño. Dile que faltan cuatro meses para su cumpleaños y se desesperará. ¿Tantos? Esto ocurre porque, para el niño, la mayor parte de sus experiencias las vive por primera vez: montar en su triciclo, acudir al colegio, quedarse a dormir en casa ajena, etc. Para los adultos, la vida ya tiene una cierta monotonía: el trabajo, la crianza de los hijos, la casa, las excursiones del domingo, etc. Una vez que damos estructura a nuestra vida con la pareja, el trabajo, la casa, nuestra vida parece ir más deprisa, ya no hay apenas cambios cumbres que hagan detener el tiempo.

Haciendo cosas que no hiciste nunca antes, se densifica el tiempo. De modo que si quieres prolongar la perspectiva de la vida y vivir el tiempo como un niño, debes emprender actividades nuevas, hacer viajes emocionantes o cambiar la distribución de tu casa. Tener que dirigir la atención por completo a alguna actividad nueva es, al mismo tiempo, una buena manera de entrenar la entrega total, como cuando aprendíamos a escribir y leer. Desde aquí os aconsejo que os sumerjáis en el aprendizaje de un idioma, al margen de la edad. Nunca se es demasiado mayor para ello. Tener que enfocar la atención es, en realidad, la clava para el asombro. Otro consejo, es que vuestro tiempo libre lo dediquéis a dividirlo, a engañar vuestra sensación de tiempo. Leed un libro, escuchar música, charlar con un amigo y dar un paseo. Gracias a esto tendrás otra sensación al acabar la tarde. En ello somos distintos a los niños. Queremos que el tiempo transcurra menos deprisa, porque, al fin y al cabo lo vivimos linealmente.

He estado varios días desconectado de mis RR.SS. y de mi blog desde que llegué de mi weekend en Valencia, por ello quiero que me perdonéis. También le he dedicado bastante tiempo a este post que espero que os guste y toméis causa a mi forma de vida. El post no acaba aquí, mañana os dejaré el final con unas lecciones interesantes para aprender de los niños.

Hasta la próxima y no olvides compartirlo o comentarlo. Entre todos podemos hacer una vida mejor.

 

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