Ser independientes frente al qué dirán.

Las apariencias nos juegan, a menudo, malas pasadas. Hasta el punto de hacernos perder el respeto por el que tenemos delante, sin tener en cuenta que es su capacidad de amar su más importante valía.

Uno se libera definitivamente del yugo del qué dirán cuando basa su valía en su capacidad de amar, y no en capacidades o logros. A las personas fuertes no les importa mostrarse torpes, feas o pobres: sólo se muestran interesadas en su propia capacidad de hacer cosas hermosas, divertidas y positivas con los demás. Dicho de otra forma, se dejan de tonterías, no les importa su imagen, y se concentran en lo realmente valioso. -Para llegar a los más alto, hay que saber estar abajo y estar bien-. Una paradoja basada en la idea de que todas las personas tienen el mismo valor por su innata capacidad de amar. Es muy sano mantener la filosofía que afirma que no necesito ser rico, elegante, inteligente, etc. para tener valor. Para mí, esta idea es básica y por las siguientes razones:

  • Creo firmemente en ello porque las personas a las que aprecio son aquellas capaces de amar, y no las que tienen una gran imagen. ¿De qué me serviría tener amigos excepcionalmente inteligentes, elegantes y guapos, si no me aman ni se divierten nunca conmigo?
  • Es imposible no ser “menos con más frecuencia de la que desearíamos. En un círculo, podemos encajar perfectamente, pero, en otro, no conoceremos los códigos y costumbres y estaremos (o nos sentiremos) en inferioridad. Pero, ¿qué importa? Lo esencial es que todos somos personas maravillosas, y estamos ahí para aprovechar cualquier ocasión de colaborar, amar y divertirnos.

Así que si no nos dejamos engañar por las apariencias, y valoramos, por encima de todo, la capacidad de amar y hacer cosas gratificantes de los humanos, la autoimagen dejará de ser algo superfluo. Apreciaremos por igual a un indigente, a un ministro, a un potentado o a un barrendero. A priori, todos nos merecerán el mismo respeto e interés, ya que cada uno de ellos puede ser una persona valiosa a la hora de compartir la vida. Incluso nos merecerá el mismo respeto una persona con síndrome de Down porque, evitando los prejuicios, son individuos muy afectuosos.

Debemos trabajar el respeto y para profundizar en esta filosofía, también nos podemos preguntar: “Y si yo mismo fuese un síndrome de Down, ¿merecería respeto?” y la respuesta es: “¡Por supuesto que sí!”. Todos lo merecemos. Además, siendo muy poco inteligente también podría tener una vida fantástica y feliz, y compartirla alegremente con mis seres queridos. Yendo un poco más allá, también podemos preguntarnos: “¿Puedo visualizarme como un síndrome de Down y ser muy feliz?”, “¿Puedo visualizarme siendo torpe y pobre, pero valioso por mi capacidad de amar?”. Las personas más maduras y fuertes son aquellas que pueden visualizarse con hándicaps y ser felices. Pueden verse con limitaciones, pero con una gran capacidad de amar y de hacer cosas positivas por sí mismas y también pensando en los demás.

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Con este post que realicé cierro mi semana y esperando ansiosamente la siguiente porque no sé que nos deparará. Espero que os haya gustado y os sirva de gran ayuda y lo pongáis en práctica. Hasta la próxima y no olvides compartirlo o comentarlo. Entre todos podemos hacer de una vida mejor.  

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